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Sacerdote de Cristo para los Pobres

El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva… Esta Escritura, que acaban de oír, se ha cumplido hoy (Lc 4, 18.21).

Un faro en mi vida vocacional

¿Has sentido alguna vez que una palabra bíblica cobra vida en tu propia historia? A mí me pasó el 16 de agosto del 2025, cuando tuve la gracia ser ordenado presbítero por la imposición de manos y la oración consecratoria de Monseñor Roberto Madrigal Gallegos, Obispo de la Diócesis de Tuxpan, Veracruz, México.

La cita bíblica con la que he querido iniciar este artículo es clave en mi vida vocacional. Por una parte, en ella he encontrado un faro, una meta a donde arribar, es decir, el momento de la consagración de mis manos con el santo crisma y todo mi ser con la unción del Espíritu Santo. El momento de mi configuración ontológica con Cristo sumo y eterno sacerdote.

Por otra parte, en la misma cita, también he encontrado mi misión: «anunciar la Buena Nueva a los pobres». Porque este don no es para un provecho o beneficio personal sino para compartirlo con todos aquellos a los que el Señor me envía: los más necesitados de su gracia y misericordia.

Puedo decir que mi vocación al sacerdocio ha sido una constante manifestación del amor de Dios, de su misericordia. Mi respuesta muchas veces ha sido vacilante, infiel, inconstante, limitada… pero es la fidelidad de Dios la que ha prevalecido por encima de mi debilidad. Por eso hoy también puedo decir con san Pablo: «cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2Cor 12,10).

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La Celebración Eucarística

La Santa Misa y el rito de la ordenación presbiteral tuvieron lugar en la Ranchería Reforma 2da Sección de Jalpa de Méndez, Tabasco, en la comunidad del Señor de Esquipulas, pues de allí soy originario y allí reside la mayor parte de mi familia. Esta comunidad pertenece a la parroquia y santuario de la Asunción de María, Cupilco y esta a su vez a la Diócesis de Tabasco.

A la Eucaristía han participado el superior general p. Helio Meira Augusto, el consejero general p. Giovanni Passantino, el párroco de María causa de nuestra alegría en Roma p. Marco Santarelli, los hermanos sacerdotes siervos de los Pobres de la misión mexicana y el hermano José Daniel Xalamigua, sacerdotes de la Diócesis de Tarahumara, de Chihuahua, de la Diócesis de Tabasco, dentro de estos mi párroco el p. Miguel Ángel Camacho García, jóvenes seminaristas del Seminario de Tabasco, hermanas siervas de los Pobres, y de otros Institutos religiosos. La participación de los fieles laicos fue numerosa, se calculan unas dos mil personas: familia, amigos, conocidos, miembros de mi comunidad de origen y de las comunidades de la parroquia de Cupilco.

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Siguiendo las huellas de un santo

Desde que tuve la fortuna de conocer la vida, obra y espiritualidad heredadas del beato padre Giacomo Cusmano, mi vida fue iluminada por su ejemplo de donación y consagración total al servicio de los últimos y descartados de la sociedad siciliana de su tiempo. Él ha sido para mí un modelo de cómo poner al servicio de los más necesitados este don precioso del sacerdocio. Siguiendo sus pasos he decidido consagrar mi vida, primero como religioso, y ahora como sacerdote, al servicio del Reino de los cielos.

¿Te imaginas dedicar tu vida completamente a los que más sufren? Para mí ha sido la respuesta natural a tanto amor recibido. Busco y me esfuerzo en reconocer ese rostro del Cristo sufriente en ellos, y llegar a esa mística vivida por nuestro Fundador: ver a Cristo en los Pobres.

México: nuevos desafíos, nueva esperanza

La nueva misión que ahora me es encomendada en México es muy desafiante y complicada. La zona pastoral donde están ubicadas las parroquias que se nos han encomendado está marcada por la violencia, la drogadicción, el alcoholismo, el abandono de hijos, la ruptura de familias, la promiscuidad, el desinterés por lo religioso y la pobreza económica. Pero soy consciente de que estas son las nuevas pobrezas que viven nuestros pueblos. Y que en medio de estas realidades estoy llamado a ser sal de la tierra y luz del mundo (cfr. Mt 5, 13-14).

La fidelidad que sostiene

El Señor ha conducido mi vida hasta este punto, y en todo este proceso lo más importante es que Él ha aceptado mi ofrenda y ha cumplido su palabra de que estará siempre conmigo.

En este año jubilar de la Esperanza, me invito y te invito para que «mantengamos firme la profesión de nuestra esperanza sin vacilar, porque fiel es Aquél que nos ha hecho la Promesa» (Heb 10,23).

P. Manolo Frias Silvan, s.d.P.

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